LA PRIMERA LUZ
Las Canteras amanecía ya con una temperatura más propia de la época. Los termómetros marcaban, esta mañana, apenas dieciséis grados. Por eso, al empezar a caminar, un aire demasiado fresco me desalentaba. Claro que luego, frente al hotel Meliá, el "buenos días" del viejete que está allí siempre plantado, sea la hora a la que sea que yo pase, me cogió con algo más de calor. Debajo de un parasol, totalmente fuera de momento antes del amanecer, un hombre gordete y abufandado escuchaba la radio mientras vigilaba, con un ojo semiabierto, la escultura de arena de la navidad que llega: junto a las figuras del misterio, este año, los autores pusieron una mesa que, de un modo u otro, me recuerda la eucaristía. No me encontré a esa señorita delgada que, día tras día recorre el paseo enganchada a un mp-3 de tamaño increiblemente ridículo. El latir de mi corazón, en esta mañana, se estremece. Pero hacía ya tantos días que no volvía a caminar que, sospecho que mis pies se quejaban tanto que no escuché el latido de mi músculo cardiaco. Me refiero al pié derecho. Sí, sobre todo el pie derecho, que anda siempre con su juanete insinuante.
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