Wednesday, October 02, 2024

La fe de María (mi abuela)

Mi abuela María nos llevaba a sus nietos a la Virgen de las Nieves, patrona de La Palma. Oraba con el cuerpo entero: caminaba de rodillas por el pasillo central del santuario y nos animaba a orar por el tío en Venezuela, por la enfermedad de una tía, por el matrimonio de otra de sus hijas. Ponía en manos de la Virgen salud y enfermedad, vida y muerte. Mi abuela no realizó estudios superiores. No necesitó asentar su fe sobre estudios teológicos y argumentaciones elaboradas. Vivía su religión en una doble dimensión en modo excelso: la adoración y el compromiso. A mis recuerdos con la abuela, que falleció cuando era pequeño, se suman los relatos de mi madre que nos contaba cómo la abuela atendía a quienes en situación de pobreza se acercaban por la casa cuando la pobreza y la hambruna azotaba en la posguerra. Recuerdo a mi abuelo Juan, ya viudo, sentado conmigo, su nieto, en la plaza de San Francisco, me hablaba de la abuela. “Ella”, me dijo, “siempre vivía lo de haz el bien y no mires a quién”. Mientras ella, con su fe, daba a luz a su última hija, la menor de once hermanos,  Pierre Tehilard de Chardin SJ, científico y teólogo, se trasladaba a Nueva York el año 1951.

El mismo día en que se decretaba el estado de alarma, 14 de marzo, se cumplían dos años del fallecimiento de uno de los científicos más famosos de la transición del milenio: Stephen Hawking, que está en nuestras memorias gracias a su voluntad de llevar adelante su tarea investigadora a pesar de la ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica), diagnosticada cuando era un joven estudiante (22 años). Es sorprendente, porque es muy raro sobrevivir más de dos o tres años a esta enfermedad. Hawking no sólo la sobrevivió cincuenta y cinco años, sino que consiguió una de las obras científicas y una de las vidas personales más interesantes y filmográficas de nuestro tiempo. Los autores de la película biográfica la denominaron “Teoría del todo” (2014). En “Historia del tiempo” dejó escrito que una teoría así “sería el triunfo definitivo de la razón humana, porque entonces conoceríamos el pensamiento de Dios”. Es que, a juicio de Hawking, la ciencia plantea un modo de conocimiento que, finalmente, descarta la existencia de Dios como origen o sostén de la realidad. Cuando Hawking nace, en 1942, Pierre Teilhard de Chardin vive en China, asistiendo al drama de la Segunda Guerra Mundial.

Teilhard de Chardin nace en Orcines, Francia, al final del siglo XIX y muere en Nueva York en 1955.  Jesuita y científico, como muchas personas vive su fe y su labor investigadora con hondura. Él tiene una peculiaridad: explicó en diferentes libros, la mayoría publicados después de su muerte, cómo vívía ambas dimensiones de su modo de estar en el mundo. Su reflexión no resultó de fácil acogida para la Iglesia de su tiempo A partir de la publicación de un artículo en que intentaba explicar el pecado original de acuerdo a los estudios de la evolución, le obligaron a dejar la enseñanza en centros eclesiales. Por otro lado, su empeño en mirar y explicar la realidad desde los estudios científicos y teológicos resultaron inaceptables para pensamientos más cientistas, que rechazan su valor como conocimiento sobre la realidad. No pretenden estas letras valorar si la respuesta que dio Teilhard era la apropiada o no. En realidad, de la figura del jesuita francés creo que además de su pensamiento, merece especial subrayado su actitud: fomentar el diálogo entre la fe que recibió y la saber que se estaba elaborando en su época. 

Muy resumidamente, Teilhard de Chardin situó a la persona de Cristo como punto hacia el que converge la evolución. Lo llamó Punto Omega. De ese modo, la cosmogénesis - los orígenes de todo el universo - son, en realidad, los orígenes del Cristo. La ciencia establece una visión evolutiva del mundo del que se desprende un nuevo modo de entender quién es el Cristo y qué significa en nuestra historia. Es posible que sin los trabajos de Darwin, Teilhard de Chardin jamás hubiera imaginado una cristología en la que el misterio de la Encarnación (Dios-con-nosotros) se proyectase en toda la historia no solo de la humanidad, sino de la creación entera. Pero lo más relevante para esta reflexión es que esa visión, nacida de la ciencia y  del pensamiento teológico, se convirtió en la energía de su espiritualidad interior que le animaba a vivir su misión personal como creyente. Esta misión consistía en descubrir la cristificacíon del cosmos, es decir, de toda la realidad. Eso, para un científico como Teilhard de Chardin significa realizar al Cristo, es decir, Cristo no puede ser algo ajeno a este mundo, aunque su realidad está en evolución hasta que alcance su punto omega.

Hawkings intenta demostrar desde la ciencia que Dios no existe. Es probable que, en su esfuerzo honesto y sincero, su discurso confunda los alcances de la ciencia y los de la metafísica, al mismo modo que, en otras ocasiones, hubo teólogos empeñados en demostrar la existencia de Dios utilizando la lógica o las preguntas que se hace la ciencia. La inmensa mayoría de las personas somos creyentes a ratos (eso decía Karl Rahner de sí mismo), con nuestros ámbitos de fe y otros de increencia. En la mayoría de los casos, creyentes y no creyentes se conducen con respeto profundo ante las vivencias de otras personas. Mi abuela María jamás necesitó un discurso elaborado para poner a Dios como omega de su caminar, tantas veces arrodillado por los pasillos de la vida. No necesitó una académica reflexión para comprometer su vida con los valores que ella identificaba con el Evangelio. Sin embargo, Teilhard se sentía apasionado por unir ambos mundos: recoger los aprendizajes de la ciencia para reelaborar los relatos teológicos, sin confundir planos, pero sin excluir que ambas formas de saber pueden darse la mano. Hoy yo no puedo creer al modo de mi abuela y no comparto los afanes anti teológicos de Hawkings.  De hecho, convivo con creyentes a ratos y no creyentes (igualmente a ratos) con mutuo enriquecimiento de perspectivas. Sin embargo, desde el respeto a la fe de mi abuela y a las búsquedas de los cientistas, percibo que, en la evolución de la cultura contemporánea, la actitud de Teilhard de Chardin, ese empeño en vivir una fe heredada en consonancia con los nuevos saberes, sigue siendo de máxima actualidad… evolutiva.


 

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