Friday, January 27, 2006

JUNTO AL MAR, SOBRE EL ASFALTO

La chiquilla a mi lado, sobre la acera, veinte años, crece con la oreja untada al móvil.
Llega la guagua. Su amarillo me sonríe.
Clonmi maletín rodante, siempre caminito de un aeropuerto, me subo, saludo al chofer, pago, me siento.
Voces de personas mayores comentan la lluvia que, según dicen, se va y la luz, también lo dicen, que apunta.
Al fondo, en la plataforma, privatizada a fuerza de aislamiento, una adolescente de mirada siempre huidiza, conversa silenciosa con su alma.
A su lado, otra niñita, también falda a cuadros, se ensimisma con los sonidos de su emepetrés.
Un caballero de edad indefinida, sin subirse al bus, pregunta al chófer por una dirección desconocida.
Dos niños negros, lindas sus caras, me sonríen mientras la guagua emprende de nuevo la marcha.
Con discutible delicadeza, el chófer nos lleva entre cochecitos de colores, todos mucho más bajos.
Aparece el mar.
Hacía ya un buen rato que todo parecía orar.
Ahora, cuando lo veo gris, bajo un cielo también ceniza, pronuncio despacio tu nombre.
Me siento hermano. Toda esta gente de colores, a la que acompaño, tiene el sabor de lo cotidiano.
Son un misterio, un misterio que discurre tranquilo, junto al mar, sobre el asfalto.

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