Vivimos tiempos curiosos en los que es muy fácil ver la pequeña pajita en el ojo ajeno y resulta difícil ver la viga en el propio. ¿No se han fijado con qué facilidad nos escandalizamos de las protestas que grupos de fanatizados en los países de tradición islámica? Es verdad que, probablemente, estas personas y su violenta protesta se ha visto favorecida por la actitud sospechosamente pasiva de sus gobernantes. Pero es más verdad que el hambre y la pobreza golpean a millones de personas en el mundo mientras nosotros y nosotras, los más ricos, mantenemos una actitud al menos sospechosamente pasiva: su hambre es, reconozcámoslo, incompatible con nuestra riqueza. Nos escandalizamos de lo que dicen representantes políticos de signo diferente al nuestro y toleramos, con no muy inocente alegría, las ocurrencias populistas de quienes defienden nuestras ideas. Afirmamos que quizás fue un error la publicación de las famosas caricaturas y, a la vez, ni nos preguntamos cómo nos saltamos en nuestra tierra el derecho al honor y a la buena imagen de conciudadanos y conciudadanas de aquí que tienen opciones religiosas, sexuales o políticas diferentes. Nos escandalizamos de la ley sagrada de los seguidores del Corán y, oh, sorpresa, nos sentimos suficientemente desinteresados –o contentos- con las leyes que sacralizan valores y comportamientos muy importantes para nuestra sociedad pero que, al menos, son discutibles.
Andaba Jesús aquel día por la ciudad y se le acercó un leproso. Este personaje rompía la ley que le prohibía, como leproso, acercarse a otras personas. Jesús lo escuchó y se acercó al leproso y lo tocó. También Jesús fue contra una ley de su época. ¡Caramba!
El caso es que estos días, con tanta trifulca, me pregunto: ¿qué cosa puede ser una buena guía ética? Miro a Jesús y observo que no le importaba saltarse las prácticas de su tiempo cuando favorecían a la vida humana, a vivir mejor, más divinamente, si quieren.
A ver, no soy un santito, pero, la verdad, me encanta ese modo suyo de comportarse, esa opción por la vida que, según me enseñaron mi padre y mi madre, no en otra cosa consiste la gloria de Dios. Conflictos y peleas, seguro, los habrá. Ojalá seamos capaces de que su único motivo y su finalidad sea solamente dar más vida. ¿Qué les parece?
Thursday, February 16, 2006
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