Me subo al avión y me encuentro con un amigo. Me dice que le llamaron sus compañeros de trabajo y que va a una comida festiva que organizan todos los años. Encantado, me comenta lo que le gusta este tipo de encuentros, lo bien que se lo pasa y el momento fantástico que es para encontrarse con otras personas, querer y dejarse querer.
¿Conocen ustedes a alguien que no lleve eso en el corazón? A mí me parece que todas y todos estamos a la búsqueda de una ocasión para querer y para ser queridos. Las personas más listas, más inteligentes, son capaces de encontrar eso en cada detalle de la vida: en el trabajo, en la soledad de un paseo, en la calle entre la gente, o, como mi amigo, en una comida convocada para festejar y encontrarse.
Claro que los menos listos, lo buscamos en tener más cosas, comprar la última ropa, mandar más que nadie en el trabajo, dirigir no sé qué empresa, dominar a la esposa o al marido en casa… ¡Qué equivocados! Y el caso es que lo sabemos, que eso no es lo que nos humaniza, no es lo que nos hace más personas ni más felices, pero, sin embargo, no sé yo si seducidos por la tele o por alguna otra fuerza incomprensible, ¡cuántas veces nos dejamos ir por esos senderos!
En fin, que todo esto me recuerda a aquel muchachito que fue donde Jesús. Dice la Escritura que era un buen chico. El Señor, según nos cuentan, lo miró con cariño. ¡Con mucho cariño! Y le invitó a seguirle. Pero el otro era demasiado rico. Demasiadas cosas que dejar. Así no había manera.
Voy a estar atento, no sea que me pase a mí lo mismo.
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1 comment:
Yo también.
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